«Yo soy de los que piensa que siempre voy a estar en deuda con Boca», declaraba Leandro Paredes el 25 de enero pasado, día en el que, ante Deportivo Riestra, comenzó el periplo de Boca hasta consagrarse en la tabla anual con un agónico gol de Enner Valencia frente a Defensa y Justicia. Diez meses y 32 partidos después, el capitán del Xeneize levantó el primer título desde su regreso en julio del año pasado. Este sábado se cerró uno de los capítulos más bellos -y complicados- de su carrera como futbolista.
La historia de amor entre Paredes y Boca comenzó hace tres décadas. Aquel chico que en las canchas de baby fútbol de San Justo soñaba con jugar en Primera, que lloró cuando le habían conseguido una prueba en River y que seis meses después llegó al Xeneize, hoy sigue escalando peldaños para convertirse en ídolo del club de sus amores.
«Me había tocado ganar pero no había sido protagonista como este año», declaró tras el partido frente a Defensa, recordando aquellas consagraciones en el Apertura 2011 y la Copa Argentina 2012, en las que había sumado 46 y un minuto respectivamente. A principios del 2014, cuando partió hacia Europa con apenas 19 años, él tenía claro que en algún momento iba a regresar.
En el Viejo Continente se transformó: de enganche pasó a ser volante central y perfeccionó aspectos de su juego que hasta entonces no se le habían visto. Desde el primer momento se estableció como una pieza clave del ciclo de Lionel Scaloni al frente de la Selección Argentina y formó parte de los cuatro títulos que ganó la Albiceleste. Eso sí, Boca siempre estaba presente: se tatuó La Bombonera en el pecho y en cada entrevista que le mencionaban el tema expresaba su deseo de volver.
Tras un coqueteo que estuvo a punto de concretarse a principios del año pasado, su regreso debió esperar seis meses. Ese primer semestre del 2025 estuvo plagado de cachetazos para un Boca que venía de quedar eliminado del Mundial de Clubes sin ganar un partido y habiendo empatado 1 a 1 contra el Auckland City, un equipo amateur de Nueva Zelanda.
En su primer año sufrió los coletazos de aquella crisis que atravesaba el Xeneize: la racha más larga sin ganar de la historia del club, derrotas dolorosas en el ámbito local y, quizás el golpe más duro, una inesperada eliminación en fase de grupos de la Copa Libertadores ante Universidad Católica en La Bombonera.
Después del Mundial, Paredes comenzó a protagonizar aquellas historias que forman a los ídolos. Esto no quiere decir que hasta entonces no hubiese estado a la altura: era, prácticamente por unanimidad, el mejor jugador del fútbol argentino y el líder de un Boca que tuvo lapsos de buen juego durante el segundo semestre del 2025 y el primero del 2026. Además, había ganado los dos Superclásicos -con gol incluido en el Monumental-; pero faltaba lo épico. Faltaba que se saliera de lo común.
Y eso llegó el 20 de octubre, día en el que dejó atrás milagrosamente un desgarro grado II en apenas once días para, con un zapatazo desde 30 metros, darle una clasificación épica al equipo a la final de la Copa Sudamericana nada menos que en el Maracaná.
Después, otra victoria en un Superclásico y el título frente a Defensa y Justicia, el primero desde su regreso y el más valioso para él con la azul y oro teniendo en cuenta el rol secundario que había tenido en los dos anteriores.
Y en este cambio de estadío de Paredes en Boca hay una figura clave: Rodolfo Arruabarrena. El Vasco llegó y «cambió la mentalidad», como señaló el propio mediocampista en entrevistas pasadas. Los elogios son mutuos, ya que el entrenador encontró en su capitán a un «ejemplo de líder positivo». Esta retroalimentación entre los referentes del vestuario, sumada a un grupo alineado y con los objetivos claros, trajo como consecuencia la consagración de este sábado.
El Xeneize obtuvo el primero de los cinco títulos que podría levantar de aquí a fin de año. Uno que no solo le sirvió al club para dejar atrás una racha de tres años y ocho meses sin salir campeón, sino que puede comenzar a erigir a Leandro Paredes como ídolo de la institución.
